
Dos se aman en secreto y a escondidas. No tienen tiempo, ni fotos, ni tardecitas, ni planes pueden tener. Sus caricias son desesperadas como las primeras y tristes como las últimas. Hoy, sin embargo, no se abrazan. Él no la elige, ella llora y nadie nunca lo sabe.
Es domingo de tarde, la muchacha le cuenta algo a su abuelo. Se agacha, le dice que lo extraña. Deja las flores contra el mármol y se va. Sola.
El tipo en el bar se hunda la botella más barata
que encontró. La botella quita penas, muerde un mar furioso que lo abraza. Siempre la misma mesa del mismo bar. Nadie conoce su nombre.
El muchacho hace rato que espera. No va a venir, no va a venir, piensa. Un minuto después, ella entra. Sonrisa como el mar y una trenza. Está preciosa.
Él sale de la sala, inmenso. La cabeza como un tren. El sueño heroico de la maravilla de a dos desde ahora es milagro de a tres. Cruza otra puerta y dice como puede a los que esperan ‘Ya nació’ y se lo tragan los abrazos.
Último llamado, junta fuerzas, carga maletas, deja abrazos. Cada vez le cuesta más volver a irse.
La película continúa de sus últimos tres años. La inmensa pequeñez de su cuarto, la pared, las marcas en la pared, el tacho, el par de fotos permitidas, la reja, la ventana minúscula allá arriba y el sol afuera, siempre el sol afuera. Mañana viene la vieja a la visita, piensa. Se pone a cantar bajito
.
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